maximizando la fricción (nº 63)
persistir en la incomodidad de escribir en 2026

Círculo malva,estampa. Salvador Victoria (1991)
Hace mucho tiempo que no escribo; aquí o en ninguna parte. Perdona las señales de óxido. Además, y tal vez por lo mismo, he leído relativamente poco en lo que va de año —que para mi asombro ya está en su penúltimo mes—. Se me cruza por la mente que mi vida lectora es un reflejo de mi vida más grande. Intento que ese pensamiento no contamine el resto de los pensamientos. Generalmente lo hago como queriendo espantar una mosca pero si algo me ha enseñado la terapia es que aunque parezca la más rápida de las técnicas, no es la más efectiva. La otra técnica es mirar mi vida como si fuera una bola de esas que agitas para ver caer la nieve; girándola, mirándola por debajo y en definitiva, como si pudiera sostener el contenido de la vida con las dos manos y calificarla objetivamente. Tampoco es que sea más efectiva que la anterior pero recurro a ellas de todas formas, sin darme cuenta.
Antes, cuando era chiquita, no intentaba ver de dónde salía la nieve cuando agitaba el domo. Eso es algo que identifico más con el cinismo de hacerme mayor. Lo mismo que querer leer mucho, y tener mucho, conseguir mucho y hacer mucho. No hay manera de ver objetivamente la bola de nieve que es mi vida —me digo—. ¿De dónde viene ese empeño?
En La historia de tu vida, Kathryn Jezer-Morton argumenta que las redes sociales dan forma a cómo experimentamos todo. Inclusive como meras usuarias; sin necesidad de que publiquemos activamente. Por ejemplo, cuando las bodas se convierten en eventos de streaming, pareciera que inevitable y automáticamente, como asistentes a la boda, nos volvemos contenido de la transmisión en vivo de la boda —con lo que puede acarrear sentirse constantemente al borde de quedar plasmada para la posteridad—. Habla también, de la presión por posicionarse políticamente más motivadas por el hecho de que 'quede constancia', y por la sensación de que otres estén supuestamente esperando nuestra declaración, muchas veces priorizando y confundiendo el posicionamiento con la acción o el activismo.
Es más; solo basta con bajarse en la estación de metro de un sitio abiertamente asignado con la palabra 'turístico' para saber que, aunque no seamos turistas en ese momento, cualquier mandato de último minuto que esté dando vueltas por los algoritmos probablemente está dictaminando cuan arriba en la lista de prioridades está la selfie en ese determinado monumento / paisaje / fachada y en consecuencia, cuan intransitable lo encontraremos. Así que no, la hipótesis de Jezer-Morton no me parece descabellada.
Mientras escribo esto, me llega una carta de Amie McNee, que siempre parece tener mucha más claridad que yo en estos temas: "(...) tengo la mente repleta de pensamientos y reflexiones, así que necesito darles salida en mi app de notas. Y, acto seguido, surge en mí ese instinto de escritora que me impulsa a compartir lo que he anotado. Me genera desconfianza este impulso de publicar mis divagaciones: ¿y si no se trata de un instinto de escritora, sino de un pequeño «Zuckerberg» susurrándome al oído? ¡Qué asco! Tras más de una década en redes sociales, he llegado a ver casi cualquier cosa como posible contenido. Pero, al mismo tiempo, sé que también percibo la mayoría de las cosas como una posible forma de arte."
Paro de leer antes de que Amie termine el párrafo, porque ¿no es exactamente ese balance el que nos salva?
Imagínate que los Javis hubiesen contado La bola negra solamente en un reel de cuarenta y cinco segundos. Sería, seguro, un reel muy chulo pero en el que no habría habido oportunidad de conocer a los personajes, saber de cuáles hilos de la historia real han tirado, disfrutar de las referencias y las metáforas visuales que escogieron, de llorar en el cine al moco unísono de otras personas o de ver cómo una señora se niega a aceptar que se ha equivocado de asiento antes de comenzar la película, y liar un nivel de cachondeito que involucre a todas las filas aledañas.
A donde voy es a decir que agradezco mucho a quienes se dan el espacio para crear como si la envergadura de lo que están a punto de hacer es épico. Sobra decir que, en cambio, el crear contenido breve para la máquina, apenas nos deja algún espacio, y quizás lo peor, deja ideas valiosas apenas exploradas, apenas vistas, que por estar bajo la etiqueta de 'ya compartidas', corren el riesgo de pasar al olvido demasiado pronto entre un milisegundo de scroll y otro.
Ver el potencial contenido. Pero ver la posible forma de arte. ¡Uf...!, respiro.
La misma autora que mencionaba arriba, acuñó el término Friction-Maxxing que, significa como su nombre ya deja intuir: maximizar la fricción. De inmediato pienso en 1) que es algo más propio de ser escuchado en el contexto de un comercial de preservativos y 2) que los gringos ya no hallan que inventar.
Pero, en este caso, no son «los gringos» en general, sino Kathryn Jezer-Morton en particular. De hecho, es una práctica en la que estoy muy interesada y que, sin haberle puesto un nombre, he querido aplicar yo y toda hija de vecina que en los últimos años haya vuelto a querer despertarse con un radio despertador, desempolvados los CDs o sacado el iPod a pasear para no mirar todo el rato el mismo rectángulo.
Pero va un poco más lejos. En resumen, lo describe como 'construir tolerancia a lo poco conveniente', que en realidad —explica— no es poco conveniente per se sino de los pocos espacios de la experiencia humana todavía libres de optimización como la espera, el aburrimiento, la incomodidad o la incertidumbre.
A mí me parece una temeridad por su parte sacar este término a la luz porque puede leerse a primera vista como puro privilegio 'blanco'. ¿Quién querría al fin y al cabo más fricción sino una persona que tiene la vida ya demasiado fácil? Pero creo que donde le da en el blanco es en hacernos repensar lo que es la fricción en la vida humana. ¿Son realmente las cosas que nos están facilitando las que queríamos que nos quitaran de la carga?
Ejemplos de friction-maxxing serían: escribir este texto en incrementos de 15 minutos antes de entrar a trabajar en vez de educar a un modelo de IA de mi elección para que lo haga por mí, ser capaz de entrar a un restaurante nuevo sin consultar las reseñas, o mandarle un vídeo editado en el ordenador a tus amigas con lo que capturaste en vuestro viaje para que les quede con buena calidad en algún sitio donde decidan guardarlo o, con más 'fricción' todavía, enviarles unas cuantas fotos impresas en un sobre, al cabo de unas semanas.
Hay incomodidad en escribir todo esto. Hay incertidumbre en no saber cuántas estrellas tiene este sitio. Y, si la fabricación del recuerdo no es pública sino íntima, lenta en vez de inmediata ¿qué hay?
"No cuento con un solo pensamiento fijo, endurecido. Todos caen de mí, en este cuaderno sumiso, como un follaje provisional, como pensamientos "de la estación". ¿De qué van a servir? ¿A quién van a servir? ¿Por qué insisto en escribirlos?"
~ Josefina Vicens, El libro vacío
La oficina de correos del pueblo abre de 9:30 am a 11:00 am (toma friction-maxxing rural), y como llegues muy temprano, su único empleado está todavía repartiendo las cartas en los buzones. Tal vez por eso, a las 9:40 de hoy cuando llegué, habían dos personas esperando y una siendo atendida. Lo máximo que he llegado a esperar en cuatro años.
Me dice el vecino que es el último y — en broma — que después de él no atienden a nadie más por hoy. Me cuenta mientras tanto que tiene a una de las gallinas enfermas y que las demás están siendo malas con ella, por lo que la tiene en un cuarto aparte. Que ya le han dado permiso para la quema, así que está en plena faena de mantenimiento del huerto. Por si fuera poco, como lo de él tardaba más, me dejó ir primero y me intentó presentar a la otra persona en espera, por si no nos conocíamos ya.
Objetivamente, ninguna de estas interacciones significa nada, se pudieran hacer todas de forma más eficiente, o evitarse del todo y ¡sin embargo!.
¿Ves? No hay manera de objetiva de ver la bola de nieve que es mi vida; como si se atreviera a ser más de lo que escribo, leo, tengo, consigo y hago. No hay manera de sostenerla con las dos manos.
Adriana
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