como una regadera
identidad oculta, visibilidad y "demonización"
Me puse a buscar sobre los orígenes de la expresión que asocia estar como una regadera con estar loca porque, tonta de mí, pecando de moderna estaba pensando solamente en la regadera de la ducha. Tras pasar un ratito en la búsqueda, y viendo imágenes de personas con cabeza de regaderas de lata (de jardín), me parece de repente evidente que la comparación es con una cabeza plagada de huequitos y como lo indican los mismos artículos de blog que se van copiando unos a otros, con un perol que te hace aguas. En Venezuela, «perol», nombre masculino de objeto cuyo nombre se ignora, no se recuerda o no se quiere mencionar. Aquí y en otras partes, vasija de metal, de forma semejante a media esfera, que sirve para cocer diferentes cosas.
Me encanta que haya una definición soportando el peso de un objeto cuyo nombre al mismo tiempo se ignora, no se recuerda o no se quiere mencionar, tal como aquí sería «el chisme», «el cacharro» o el poco reconocido pero en pleno uso: «el desto». Sin duda, la estamos necesitando, y también, se ve que hemos estado necesitando cantidad de tiestos y peroles por fuera de los que mear para indicar que estamos fuera de lugar, y que a pesar de tener estas expresiones a mano, los que tienen puntería para mear dentro, están decidiendo no hacerlo, pero bueno, esto quizás lo hablamos en otra oportunidad.
Hace unos días, en la misma semana, recibí dos newsletters de destinatarias distantes geográfica, idiomática y contextualmente que mencionaban a la misma banda musical: Angine de Poitrine, lo que tomé como una señal para escucharles y confirmar que efectivamente toma un tiempo acostumbrarse pero luego es bastante contagioso su ritmo. Dicho esto, no es a su música a lo que quería apuntar sino a su anonimato y a que LITERALMENTE, de cuello para arriba, están como una regadera. Ver imagen.
Mi naturaleza milenial no pudo dejar de hacer inmediata referencia mental a Gorillaz, que si bien ahora se sabe exactamente quiénes lo conforman, creo recordar que en un principio no era el caso. Y al coincidir sus orígenes con los inicios del uso de internet de manera más generalizada, en su momento abrieron un debate sobre si todas las bandas empezarían a ser virtuales a partir de ese momento. ¿Se imaginan?
Bueno, con la especulación de TicketMaster, un poco sí que todas las bandas son virtuales, de alguna manera.
Por supuesto, todo esto también me recuerda a Sia con su peluca hasta la boca y a los rumores de que Lady Gaga era en verdad un hombre y que ella nunca desmintió, a propósito.
¿Qué nos atrae hacia esas identidades ocultas? ¿Quizás valoramos positivamente que estas personas solo quieran ser conocidas por lo que hacen y no por quienes son? ¿Es especialmente reseñable hoy cuando la sobreexposición de nuestras caras y privacidad está tan dada por hecho? ¿Nos parece honorable? ¿Es acaso la versión más próxima al verdadero amor al arte por el amor al arte?
Parte de la respuesta quizás está en la noticia —que es de principios de año pero de la que yo me estoy enterando ahora— sobre el catálogo a ciegas de la editorial Barrett en su décimo aniversario: publicar ocho libros sin el nombre de las autoras.
No es baladí que ocho autoras se apunten a esto, y como expresan desde la editorial (especialmente en los puntos 4 y 5 que cité arriba), habla de un cansancio de que todo dependa de cuánto promocionas el libro en redes sociales, ser «cantera» de grupos editoriales grandes y también de una oportunidad que toman las autoras para escribir en libertad.
Lo asocio inevitablemente con una entrevista del 2015 de Cory Doctorow para El Diario, que alguien —que no recuerdo— rescató y volvió a compartir hace poco y que se titula «En veinte años todos nuestros problemas estarán relacionados con Internet». Pienso en lo exagerado que debía sonar para algunas personas —yo incluída— en su momento. Pienso, también, que faltan nueve para su predicción y la veo.
Quizás se habrán dado cuenta que me tomo en serio las palabras y las expresiones, que las analizo hasta que deja de divertirme hacerlo. Por eso, cuando hace unos años, no se paraba de decir en redes sociales «normalicemos esto», «normalicemos lo otro», me dí cuenta. Y ahora cuando se repite «no demonicemos esto», «no demonicemos lo otro», también lo noto.
Con esto quiero decir que estoy escribiendo en un blog en internet, y que soy consciente de que «demonizar» el internet no es un buen look para quien escribe en internet y consiguió que la leyeran algunas personas, en internet. Lo entiendo. No demonizo internet, ni la tecnología, ni sus usuarias. Critico que tengamos que aceptar sin más todas las consecuencias de un modelo de internet con redes sociales cercadas para las que tengamos que trabajar todo el tiempo, regidas por algoritmos que nos manipulan y donde se comercializa con nuestros datos. Pongo en duda que tengamos que vivir con ello como un destino final lúgubre, lo cual veo como todo lo contrario a demonizar el internet. Lo enaltezco y creo en éste, pero no más que lo mucho que creo en nuestra capacidad de imaginar cómo cambiarlo y exigir que sea diferente. Tal vez la única manera de hacer lo último es «votando» con nuestros recursos: dónde pasamos el tiempo y dónde ponemos dinero.
(Gracias, por cierto, por haber votado con tu tiempo aquí hoy. Nunca pasa desapercibido.)
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Si llegaste hasta aquí y en total contraposición con el anonimato...
- Me llena de especial ilusión contarte que es primera vez que una revista o publicación de ningún tipo, publica un texto que haya escrito yo. Se titula Un ángel pequeño y es un texto de ficción, un «registro» en el que no están acostumbradas a leerme y que, por tanto, me pone algo nerviosa compartir por aquí. La publicación se llama La torre del ojo y se podrá descargar gratuitamente a partir del 31 de mayo. Mientras, puedes leer el relato aquí.
- Tal vez te agrade la idea de que compartamos lecturas durante el mes de junio. Para ello, he creado un nuevo taller que se llama La brutalidad del lugar y en el que vamos a hablar del querer ser y el poder irse. Será presencial en la librería La Repunantinha, de Barcelona. Amaría que pudieras participar. Más información, aquí.
- Por último, si querías una copia del fanzine que escribí (Quilt: un proyecto acolchado con la ropa de mi mamá que ya no vive), pero preferías no pagar gastos de envío y vives por Barcelona, también en La Repunantinha me abrieron un hueco y dejé unas cuantas copias (Carrer Torrent de l'Olla, 143). Ojalá que una de ellas se vaya contigo y de paso, te dejes aconsejar y llevarte un buen libro.
Adriana