amateur y amatora
Miranda July, el viento y por qué no puedo decir que amo escribir
En algún lado leí, y probablemente a ti también te suene que, la etimología de la palabra amateur viene del latín amator, que significa «el que ama».
Si lo aplicamos a ser una escritora amateur, es decir, alguien que no tiene libros publicados, como yo, ¿Se sostiene la definición? ¿Es verdad, eso? ¿Amo escribir?
Bueno, una afirmación que puedo hacer con más confianza es que amo la escritura. La mía y la tuya. Por una parte, la amo en calidad de registro y de reflejo de un tiempo siempre pasado, como este,
este y
este.
Amo las pistas que me dejo para reconstruir una vida que no puedo recordar en su gran mayoría, por poco que pueda hacer las paces con esa idea.
Amo hacer sentido de lo que aparentemente no lo tiene, como reto personal y juego de nicho. Amo mentir escribiendo y amo encontrar la verdad a medias de un párrafo.
Amo tu escritura en calidad de registro; la de un pasado que no fue el mío. Amo las pistas que dejas para recordarlo mal todo y usurparte aquel trozo de vida, con tu permiso o sin que me lo otorgues, o lo sepas, siquiera.
Amo las mentiras que escribiste para hacer más llevaderas las verdades y para imaginarnos un futuro al que no vamos a llegar, ni tú ni yo.
Tengo mis razones. Son todavía más que las que he listado aquí y sin embargo, no podría decir con total seguridad que amo escribir.
Verás, es un proceso escurridizo. Probablemente lo estoy diciendo mal pero una poeta llamada Patti Smith lo comparó con «peinar el viento». Y tú me preguntas qué tipo de escritora soy ahora. Pues, soy la misma escritora que leyó ese verso y penso «Smith, cuánta razón lleva».
¿Quiere el viento que lo peinen? ¿Es verdad, eso? ¿Alguien podría afirmar tal cosa? Hoy en día, pues, escribo como puedo. Como siempre he escrito. Como se peina a alguien invisible que probablemente ni siquiera quiere que le ordenen los cabellos.
A veces con frío, tanto, que me duelen las orejas. A veces acompañada del sonido de las hojas de los árboles y del silbido que se crea en el espacio entre el hueco de la ventana y el marco. Siempre creo que no lo voy a conseguir; escribir, peinarlo.

En Cataluña estamos en alerta por vientos fuertes. Vemos un camión destrozado en la carretera con la lona machacada y parte de la mercancía estropeada todavía adentro. En el pueblo, la cerca de la empresa familiar de aceite también se vino abajo. Me acuerdo de aquel texto sobre el viento. Creo pertinente en el momento traerlo aquí, aunque en verdad lo escribí para el grupo de escritura que sostenemos desde hace ya unos años. Quizás hago demasiado poco lo de reciclar textos para diferentes propósitos. Me llama la atención lo que clasifico como íntimo y lo que no.
Quiero hablar desde hace tiempo de Miranda July. No sé muy bien cómo introducir este tema. Tal vez la intimidad sea mi punto de entrada, ya que tanto se le critica por ello, además de por intentar ser «demasiado» rara a propósito (¡¿?!). Pero empecemos por el principio:
Miranda, de nacimiento Miranda Grossinger, se cambió el apellido a July a los quince años —dice Wikipedia— inspirada por un personaje ficticio de un cuento escrito por su mejor amiga. Luego, se lo cambió legalmente, a los veinte. (—¡Ok, personaja!— me digo)
Se le conoce más recientemente por A cuatro patas, que es un no-ve-lón que publicó en 2024, pero como usualmente pasa con quienes se marcan un gran 'éxito' en el sentido más 'mainstream' y monetario de la palabra éxito, July, claro está, tiene varias décadas haciendo cosas. Monólogos, performances, dirección de películas y cortos, actuación, gestión de un grupo de videógrafas, escritura de cuentos, proyectos de no-ficción y autoficción. Todo en plural. Veo las listas de los premios que ha ganado y pienso en la burocracia de aplicar a concursos. Me siento tentada a agregarlo a la lista de cosas que ha hecho: Aplicar a concursos. De hecho, ha hecho tantas cosas que cuando The Onion —un medio de comedia online— escribió un artículo parodiándola, este era sobre no poder identificar a qué se dedicaba realmente.
En una entrevista de 2014, le mencionan el artículo de The Onion y le piden aclararlo con un «¿quién dirías que eres?» y responde que parte de la confusión comienza porque nos enseñan que ser especializadas es lo correcto. Está segura —dice— que todas hacemos muchas cosas pero se nos anima a decantarnos por esa en la que somos excelentes, y como a ella por mucho tiempo nadie le dijo en cuál era particularmente buena, cuando le llegó la notoriedad era demasiado tarde para soltarlas.
En este punto de la entrevista sencillamente llego a la conclusión de que la quiero mucho porque parece ser una amateur en la más profesional y consagrada de las maneras. Una auténtica amatora.
Si lo entiendo bien, PennySaver fue una revistita en formato físico que circuló en Estados Unidos y que mayoritariamente traía cupones de descuento para el supermercado y anuncios estilo Wallapop bastante tirados de precio, con el número de teléfono de las vendedoras de los artículos. Las cosas en venta podían ser bastante disparatadas: desde un álbum de fotos o un gato bengalí (real) hasta un secador de los setenta.
Cuando Miranda July estaba intentando terminar el guión de una de sus películas, en vez de sentarse a escribir, cogió los anuncios del PennySaver y llamó a unas cuantas personas anunciantes, para pedir entrevistarles. Así es cómo, a su lista de talentos, podemos agregar la de convertir un simple proceso de procrastinación en el proyecto principal. Y aunque era solamente 2011, ya nos refleja lo que le costaba trabajar con las distracciones de internet y lo mucho que envidiaba a las escritoras de más edad que habían conseguido adquirir una disciplina de escritura antes de la llegada de la web. (—No te falta nada, chiqui...)
Finalmente, el resultado de ese trabajo de no ficción se titula Te Elige y es un texto que mucha menos gente ha leído, en comparación con la novela, y que tiene reseñas todavía más variadas. A mí, leyéndola quince años después, se me antoja preciosa como documentación de un tiempo de transición entre lo físico y la toma de control de lo digital. Por ejemplo, el Pennysaver, un medio de cincuenta años, quebró solo cuatro después de la publicación del libro. Además, durante las entrevistas, July admite:
le pregunté obstinadamente a todos los vendedores del PennySaver si usaban ordenador. La mayoría no lo usaba, y si bien tenían mucho que decir acerca de otras cosas, poco tenían que decir sobre esto, sobre esta ausencia. Empecé a sentir que les hacía esa pregunta solo para recordarme a mí misma que estaba en un lugar donde los ordenadores no importaban realmente, solo para provocar mi aprecio hacia ello. Como si temiese que el alcance de lo que puedo sentir e imaginar se fuese limitando sigilosamente debido al mundo dentro del mundo: internet.
Ahora que se conoce cuánto de nuestra experiencia online está en manos de los dueños de las redes sociales privadas, esta confesión me resulta particularmente más dolorosa de leer. Más adelante, continúa:
La mayoría de la vida transcurre offline, y pienso que así será siempre; comer y sentir dolor y dormir y amar ocurren en el cuerpo. Pero no me es imposible imaginarme perdiendo el apetito hacia esas cosas: no son siempre fáciles y conllevan tanto tiempo. En veinte años estaré entrevistando al aire, al agua y al calor solo para recordar que importaban.
Después de todo este tiempo, sabemos que aquí es donde su pronóstico se equivoca ya que con cada año que pasa, nos daremos de bruces con condiciones climáticas más extremas que no necesitarán entrevistas para hacerse sentir. Y ni siquiera aquí sentadita escribiendo 'mi' newsletter puedo obviar ya lo bravo que está el viento.
Adriana
PD: si has llegado hasta aquí (¡gracias!) puede que sea porque te interesan la economía de la atención, o el rol de la tecnología en nuestras formas de operar en el mundo. Para explorarlo juntes, te convoco a un nuevo taller online. Se llama 'el extravío' y en el siguiente enlace puedes informarte sobre horarios, precios, contenido por días y a quién se dirige, entre otras cosas:
(¿vendrás? 😊)

